Derecho a la vida del producto de la concepción
Por: Francisco J. Morelos Borja
"Una discapacidad es toda restricción o ausencia de la capacidad de realizar una actividad en la forma o dentro del margen que se considera normal para un ser humano".
OMS
Tal como lo advertimos hace ocho días, el espacio de hoy lo hemos reservado para compartir con usted, amable lector(a), por qué creemos que el derecho a la vida es una prerrogativa que se adquiere desde el momento de la concepción y dejar la pregunta sobre cuál sería su posición frente a otros derechos fundamentales. Este tema resulta ser de suma relevancia e interés. Lo primero porque atañe a lo más preciado que podemos poseer los seres humanos: la vida, lo segundo en virtud de que ni los propios ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) han podido ponerse de acuerdo en este tema.
Para no extraviarnos precisemos las cuestiones: ¿a partir de qué momento el Estado mexicano debe tutelar el derecho a la vida de las personas, que se reconoce expresamente en la Constitución federal (artículo 29, reforma de marzo 2011) y en los Tratados Internacionales que en esta materia ha firmado?, planteado en otros términos: ¿en qué momento de la vida se adquiere la dignidad humana o, es que según la etapa o condiciones de la vida se posee mayor o menor dignidad? Una segunda cuestión que no trataré hoy por razones de espacio: ¿los derechos de la mujer-progenitora, como por ejemplo el derecho a la libertad reproductiva y a la autodeterminación del destino de su cuerpo, son preeminentes sobre el derecho a la vida del embrión-descendiente?
Seguramente, para ahorita, algunos ya han abierto un –hasta cierto punto– falso debate contestando que el derecho a la vida se adquiere cuando se alcanza el status de persona y que como esto no está ni legal o socialmente definido (así lo admite la SCJN), pues entonces no se sabe a ciencia cierta a partir de cuándo se tiene acceso a esta prerrogativa. Esta posición lleva la discusión al terreno del subjetivismo puro, que no debiera ser el espacio ni del derecho ni el de una ética real, por esto decimos que se trata prácticamente de un pseudo-debate. Por otro lado, otros, pocos afortunadamente, se estarán atreviendo a sostener afirmaciones, todavía más bizantinas, como aquella que de no se sabe con precisión cuándo inicia la vida humana independientemente del concepto de persona.
Empiezo por lo último. Cada uno de nosotros, los humanos, sólo tenemos una vida, esto es evidente y nadie lo discute –excepto aquellos que creen en la reencarnación–, luego, la vida humana empieza con la concepción (más exactamente con la fertilización o fecundación, o sea la unión del espermatozoide con el óvulo) y acaba con la muerte. Soy médico desde 1984, no pasa año sin que asista a uno o más congresos de esta profesión, algunos internacionales y con frecuencia reviso lo más relevante de las publicaciones científicas: el inicio de la vida humana no está a discusión, punto, nadie sostiene en foros académicos que las personas tengamos durante la gestación una etapa propiamente animal y otra propiamente humana, esto, históricamente, se dejó de postular una vez superada la Edad Media.
Ahora bien, atendiendo a los que nos quieren llevar al relativismo extremo afirmando que la dignidad, y por lo tanto el ser sujeto de derechos tutelados por el Estado, corresponde a la persona humana y no estrictamente al ser humano producto de la concepción, me permito las siguientes reflexiones.
Si el “hacerse persona” –tal como lo proponen quienes niegan tal calidad al producto de la concepción– depende de cierto grado de desarrollo humano, ya sea físico-biológico (por ejemplo cierta madurez neurológica) o psico-social (capacidad de relacionarse por ejemplo), pues resulta que al ser el desarrollo una actividad o fenómeno ininterrumpido, es decir, continuo, que inicia con la concepción y termina con la muerte, pues la razón nos diría que la categoría de persona dura lo mismo y que en todo caso existen estadio primigenios como puede ser el embrionario y que este proceso de hacerse persona termina con la muerte.
Si no se está de acuerdo con esta visión, entonces habría que aceptar la afirmación de que con base en ciertas cualidades adquiridas existen seres humanos que son personas y otros que no.
Me pregunto yo ¿cuáles cualidades?, ¿físicas?, ¿motrices?, ¿cognitivas?, ¿emocionales?, ¿sociales? Más allá de discutir en el momento del desarrollo en que se alcanzan, piensen en la que quieran y verán que así como se obtuvieron se pueden llegar a perder –lenguaje, aspecto o funcionamiento físico, afectividad, inteligencia, etcétera–, entonces ¿dejaríamos en ese momento de ser personas?, y por lo tanto ¿debería cesar sobre el infortunado la tutela del Estado de sus Derechos Humanos? Hablo del enfermo inconsciente, hablo de esquizofrénico o del autista, o del accidentado que ha perdido la fisonomía habitual de los humanos, hablo de los discapacitados en general. ¿Acaso no son o debieran ser los discapacitados a quienes más debiera proteger la sociedad? Ah, por cierto, no hay ser humano con más carencia de capacidades e incapaz –en el sentido jurídico del término– que el producto de la concepción.
¿Dónde radica la esencia de lo humano?, ¿dónde nuestra dignidad y por tanto los derechos que poseemos? Nos dice la Comisión Nacional de los Derechos Humanos: “Los Derechos Humanos son el conjunto de prerrogativas inherentes a la naturaleza de la persona”. Ahí está la respuesta, no tanto en lo de “persona” sino en el contar con una naturaleza humana: la dignidad estriba en el hecho de considerarnos seres humanos, iguales en valor al compartir una misma naturaleza.
El pasado martes 4 de octubre el Congreso de la Unión hizo reformas, por unanimidad, a la Ley General de Salud al añadirle un capítulo sobre el genoma humano. La exposición de motivos es muy clara: el genoma humano es la base de la unidad fundamental de todos los miembros de la familia humana y del reconocimiento de su dignidad y diversidad intrínsecas. No hay genomas humanos que valgan más que otros, incluyendo el de embriones, infantes, adolescentes, adultos alemanes o judíos. Bueno, Hitler pensaba diferente.